domingo, 30 de junio de 2013

SANTIAGO LIZANA

"Ser en la vida romero,                                    
                                          romero solo que cruza siempre por caminos nuevos,
                                           que no hagan callo las cosas ni el alma ni en el cuerpo".
                                                                                                                   
                                                                                      León Felipe          

A Fernando Ayuso
 Cuando se tiran los dados
caprichosos de la historia,
a unos aguarda la gloria
y a otros dados trucados.

Un hombre sencillo y parco,
trabajador y ordenado,
se vio de pronto abocado
a salirse de ese marco.

En la España turbulenta
previa a la guerra incivil,
él era un hombre civil
al que arrastró la tormenta.

Quizá sin tener ideas
políticas concebidas,
ni pensadas, ni nacidas,
y por tanto nunca aireas.

Y a su pesar se vio inmerso
entre el barro de trincheras 
de las sangrientas goteras
de épica gesta sin verso.


Y una vez movilizado 
en defensa de Madrid,
Babieca y Tizona el Cid
les dejó encomendado.

Y en los terribles combates
que frenó a los sublevados,
a su lado atrincherados
aplacaron los embates.


Y la lira del poeta
del Alberti gaditano,
voló desde el altiplano 
al páramo en la meseta.

Y Madrid fue desde entonces
La Capital de la Gloria,
y entró de lleno en la Historia
y su heroicidad en bronces.


Y allí entre héroes anónimos
desfilando va Santiago,
bañado en sangre del lago
que tuvo tantos topónimos.

Se batió en Guadalajara
en días de lluvia y bruma
contra italianos de espuma
que al Duce empañó la cara.

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Y después lo consabido:
vino la amarga derrota,
y en los cementerios flota
de la pólvora el sonido.

Cárceles y represiones,
sin pan, sin lumbre y con hambre,
y exiliados con raigambre
parias en otras naciones. 



Y los que dentro quedaron
como Santiago Lizana,
sin un hoy y sin un mañana
ataron y amordazaron.

Y en posguerra interminable
la suerte de los vencidos
compartió con oprimidos
en espera inacabable.

Más inopinadamente
un resquicio de esperanza
asentado en su balanza
le hizo vivir nuevamente.



Pues trabajando entre flores,
convertido en jardinero,
se vio de nuevo campero
siendo sus años mejores.

Y vuelto al pueblo natal,
al diáfano Cenicientos,
sus allegados contentos
le acunaron maternal.

Y en su casa del Cerrillo
muy feliz se halló Santiago,
sin que en él hiciera estrago
bilis ni rostro amarillo.