jueves, 20 de junio de 2013

LA VIDA EN LA PLAZUELA

Las tardes de costura

Cuando el buen tiempo empezaba,
solecillo de la tarde,
hasta el perro se espulgaba
de pulgas haciendo alarde.

Se sentaban las vecinas
en las sillas de espadañas,
terminadas las cocinas,
pertrechadas de sus lañas.

Sacaban los covanillos,
tijeras y costureros,
manos fuertes sin anillos
de los trabajos camperos.

Pues las mujeres coruchas
eran duras y eran fuertes
y laboriosas y duchas,
en toda clase de suertes.

Para un roto y descosido
se encontraban cinceladas,
desde hacer un buen cocido
hasta segar las cebadas.


Eran tiempos de remiendos,
de culeras y zurcidos.
Hablar de siembras y arriendos,
sucesos de tiempos idos.

Zurcidos de pantalones
y dar la vuelta a camisas,
también cantaban canciones
y penas y también risas.

Mientras tanto los muchachos
con los balones de goma,
que se caían a cachos,
siempre estábamos de broma.

“¡Mirad que son maldecíos!”,
protestaban las mas viejas.
"¡Veréis si estos escacíos
nos dan en toas las cejas!".

Manejaban las agujas
haciendo prendas de lana,
en aquellas tardes brujas
de sol sobre la ventana.

Los jerséis para el invierno
deshilando las madejas,
llevando bien el gobierno
sobre las lanas guedejas.

Las labores de ganchillo
como ornatos y tapetes,
se sacaban del bolsillo
y nos ponían en bretes.

Solicitaban ayudas
al desmadejar los hilos,
y con las frases más crudas
las teníamos en vilos.

“¡Paraos ya, perlesías,
venid y extender los brazos.
Dejaos de golferías
para marcar bien los trazos!”.

La lana rodaba al suelo
esparciendo las hilachas,
y todo entre un gran revuelo
en las más diversas fachas.

Y al declive de la tarde
con el fresco vientecillo
con un simple, "¡Dios os guarde!",
se cerraba el ventanillo.