jueves, 20 de junio de 2013

EL PEREGRINAJE AL SAN ANTONIO DE EL TIEMBLO


Emprendemos peregrinos el viaje
en la apacible noche septembrina,
envueltos en las sombras del paisaje

que oscuro zigzaguea y difumina.
A la espalda dejamos Cenicientos
y a la izquierda dormida a la colina.

Sin carga de equipaje y con alientos,
embebidos en una charla amena
y guiados por la estrella de los vientos.

 Soldamos anualmente la cadena
de nuestra herencia corucha herederos,
pues nunca su tradición nos fue ajena.

Y vamos hacia El Tiemblo mensajeros
de impulso que animó a nuestros mayores
a San Antonio fervientes viajeros.

Ignoramos qué meta o qué favores
les llevó a emprender este camino
de romeros alegres y cantores.


En carros, o a pie, en mulas o en pollino,
las familias agrupadas viajaban
compartiendo sus panes y su vino.

Caravanas coruchas se formaban
y entre salmos de las voces amigas
al beatífico Antonio glosaban.

¿Tal vez cortada la uva y las espigas
y colmadas trojeras y lagares,
en invierno vivían como hormigas?

Y antes del frío y nieve en los lugares
que en El Tiemblo a Antonio da acogida,
buscaban sus abrazos tutelares.


Y siendo tradición tan difundida
implica a nuestro ser y su cultura
y es parte que ya forma en nuestra vida.

De jóvenes hacemos la andadura
entre risas paradas y canciones,
y en la vejez llama la sepultura.

Y el Santo al impartir sus bendiciones
benévolo recibe a su presencia
a cuantos en él buscan soluciones.

La moza que de amores sufre ausencia
amor le pide puro y duradero
y el pecador alivio de conciencia.

Y el enfermo, salud y andar ligero,
y el matrimonio infértil pide un hijo,
y al porvenir que no sea agorero
y al año próximo volver de fijo.